En los niños y adolescentes afectados por maltrato infantil, el cuerpo parece funcionar durante demasiado tiempo en “modo alerta” y esta situación puede afectar al sistema neuroendocrino, el sistema inmunitario, el metabolismo y otros indicadores de respuesta frente al estrés que genera el trauma. Cuando esta respuesta de alerta se alarga en el tiempo, se produce un desgaste acumulado de los sistemas biológicos que responden al estrés. Los menores de edad expuestos a maltrato que muestran un mayor desgaste biológico presentan más dificultades emocionales y relacionales. Además, en las víctimas con mayor acumulación de tipos de maltrato existe también una mayor prevalencia de diagnósticos psiquiátricos. Pero, ¿es posible distinguir los menores más vulnerables ante el maltrato infantil?
Ahora, un estudio de la revista Journal of Affective Disorderspresenta una metodología que podría ayudar a identificar perfiles de mayor vulnerabilidad biológica y clínica en niños y adolescentes expuestos al maltrato. La investigación identifica una batería de biomarcadores que podrían indicar un mayor desgaste de los sistemas biológicos que facilitan la adaptación al estrés generado por el trauma del maltrato.
Lidera el estudio Lourdes Fañanás, catedrática de la Facultad de Biología y el Instituto de Biomedicina de la Universidad de Barcelona (IBUB), que es jefa de grupo del área de Salud Mental del CIBER (CIBERSAM) en la UB. En la investigación, también destacan las expertas Laia Marques-Feixa i Nerea San Martín (UB-IBUB-CIBERSAM) y Soledad Romero (CLINIC-IDIBAPS-CIBERSAM).
El maltrato infantil constituye una forma de estrés crónico especialmente relevante durante el desarrollo porque ocurre en etapas en las que el cerebro y el cuerpo todavía están madurando.
«Estas experiencias suelen producirse dentro del entorno de referencia y apego del niño o la niña, lo que puede situarlo en una posición especialmente ambivalente: necesita protección, cuidado y vínculo de las mismas figuras que pueden estar generando daño emocional, físico o relacional». detalla Lourdes Fañanás, del Departamento de Biología Evolutiva, Ecología y Ciencias Ambientales de la UB.
En el estudio, 187 niños y adolescentes entre 7 y 17 años -con y sin diagnóstico psiquiátrico- respondieron frente a diferentes experiencias de malos tratos: negligencia emocional, negligencia física, abuso emocional, abuso físico y abuso sexual. «Todas estas experiencias se analizaron de forma acumulativa porque en la práctica clínica muchas veces no aparecen de manera aislada, sino combinadas», indica Laia Marques-Feixa, primera autora del artículo.
«La exposición continuada al maltrato podría tener una asociación dosis-respuesta entre la acumulación de experiencias de abuso o negligencia y un mayor desgaste acumulado (carga alostática) de los sistemas biológicos que permiten al organismo adaptarse al estrés», explica Nerea San Martín.
Estudios previos indicaban que la relación entre maltrato temprano y cambios cerebrales podría explicarse por vías biológicas intermedias (inflamación sistémica medida mediante proteína C reactiva, índice de masa corporal o adiposidad central). Tal como explica Soledad Romero, «nuestros hallazgos sobre la carga alostática aportan una pieza más para entender cómo el estrés temprano puede incorporarse biológicamente a la función cerebral y relacionarse con problemas de salud mental».
La investigación se centró en identificar si existían marcadores biológicos que pudieran reflejar una mayor vulnerabilidad al impacto del maltrato. Para ello, se diseñó un índice global que reflejara esta carga alostática a través de diez biomarcadores de diferentes sistemas del organismo: neuroendocrino, inmunitario, metabólico y antropométrico.
Los menores que sufrieron maltrato presentaban un mayor número de biomarcadores por encima del umbral de riesgo descrito en la población general. Además, se identificó una combinación especialmente informativa de tres biomarcadores: niveles altos de cortisol diurno, elevada proteína C reactiva (CRP) y un mayor índice cintura/altura.
«Esta combinación podría ayudar a identificar perfiles de mayor vulnerabilidad biológica y clínica en niños y adolescentes expuestos al maltrato», detallan las autoras.
Así, la investigación refuerza la idea de que el maltrato infantil debe entenderse como un factor de vulnerabilidad transdiagnóstico amplio, que puede expresarse en diferentes formas de malestar psicológico y dificultades de regulación emocional, conductual y relacional.
Aunque no se aprecian diferencias de resultados entre niños y niñas, las autoras apuntan la necesidad de realizar estudios del impacto del maltrato infantil en la salud mental con visión de género, especialmente durante el período de la pubertad marcado por cambios hormonales, neuroendocrinos y corporales.
Garantizar la seguridad del menor y detener la situación de maltrato o negligencia es la primera acción para luchar contra el maltrato infantil. La detección temprana, el acompañamiento familiar y social y el tratamiento psicológico especializado en trauma son otras medidas que también se han de considerar.
«El maltrato infantil puede afectar al sueño, la regulación emocional, la conducta, las relaciones sociales, la autoestima, la salud física y el rendimiento escolar. Por ello, la intervención debe ser integral, coordinada y sostenida en el tiempo, con participación de salud mental, pediatría, escuela, servicios sociales y familia. Las familias no deben verse solo como posibles espacios de riesgo, sino también como contextos fundamentales de reparación cuando reciben acompañamiento adecuado. Por eso es clave apoyar a las familias, reducir el aislamiento, fortalecer redes comunitarias y atender factores de estrés social como la precariedad, la sobrecarga parental o la falta de recursos», concluyen las autoras.
Artículo de referencia:
Marques-Feixa, Laia et al. «Allostatic load as a moderating factor between child maltreatment exposureand mental health challenges in children and adolescents: a study based on the EPI_Young_Stress Project». Journal of Affective Disorders, junio de 2026. DOI 10.1016/j.jad.2026.122108